
Nadie se libra de tener un occiso en su ropero. Toda persona que crea está sujeta a encontrarse con algo desagradable cuando -ella misma u otro ser- se ponen a revolver en su pasado. Es natural, casi normal: se ajusta a la norma de algo de lo que hagamos en tiempo pretérito debe avergonzarnos.
Cuando era joven, idealista y vivía en Ginebra, Jorge Luis Borges escribió unos versos olvidables (por forma e ideología) a la naciente Rusia Soviética, los cuales calificó luego de "pecado de junventud". Kafka pidió en su lecho de muerte que quemaran toda su obra y la deshonra a su muerte es agradecida por muchos que lo hayan leído. De aquí surge la discusión (en el mundo de la literatura, porque no les llegan las repeticiones de Gran Hermano VIP) sobre el
cánon y lo que debe incluirse o no en los catálogos de los autores. ¿Las obras completas deben ser de verdad completas? ¿O debe excluirse todo lo que no coincida con cierta calidad o temática de la mayor parte de los trabajos? ¿Debe tomarse en cuenta siempre el deseo del autor?
Esto, claro está nos importa poco, porque no somos autores. Y menos importa cuando uno tiene problemas personales y cosas que lo ponen a uno a pensar. Como ser, darse cuenta de que la carrera que estás cursando no te sirve y que el pícaro rateo ocasional se convirtió en un abándono franco e instalado. Y no saber qué hacer. Ni para dónde agarrar. Y pensar que estás congelado, flotando en la nada, sin poder hacer nada de lo que otrora te entusiasmaba. Y considerar que, por caso, no escribís bien como para justificarte. O detenerse y no hacer nada en todo el fin de semana largo. Digo, como ejemplos.
Pues bien, como el problema del catálogo y el cánon no nos interesa porque no somos autores sino seres con problemas de la vida real, intentaremos remediarlos. Así que hoy me encerré en mi morada a escuchar música y leer online. Luego me dí cuenta de que es lo que hago siempre, por lo cual me puse a limpiar mi cuarto y tirar papeles y demás cosas inútiles a la mierda, que es un viejo ritual purificador de vaya uno a saber qué tribu.

En el frenesí de revisar y descartar cosas topóse contra mí una carpeta con materiales de Castellano 1 y 2 y Teoría Literaria, de mis primeros años en el secundario. Entre ellos estaban las poéticas (ensayos de autores sobre el arte de narrar) y también algunos de mis cuentos. Yo escribía estas cosas desde que tenía unos, digamos, 10 años, hasta que a los 15 decreté no ofender más a la literatura. Y cinco años después había vuelto a escribir y había vuelto a dejar de escribir, inseguro de mi capacidad y no sabiendo qué hacer con esto de que la letra fuese lo único para lo que más o menos sirvo. Y en medio de la crisis me vuelvo a encontrar con estos textos. Historias surrealistas, un tanto psicodélicas, con mucho humor robado y con una estructura narrativa bastante cuestionable. Pero a la vez, historias frescas, inocentes y que en su momento disfruté de escribir.
Por ese entonces no sabía lo qué quería ser o hacer, ni tenía mucha idea sobre quién era, dónde estaba parado y hacia dónde ir. Hoy tampoco. Ayer me preguntaba en qué carajo estoy pensando. Hoy miro estos cuentos y tampoco puedo comprender qué pensaba cuando los escribí. Recuerdo, sí, que me gustaba hacerlos. Que, de hecho, la redacción era una de las pocas tareas escolares que hacía con gusto (o qué hacía y punto). Algunos los publiqué en revistas del colegio y muchos los leí en clases o los compartí. A la gente les parecían "limados", les gustaban. Una amiga de entonces, Antonella, guarda los
manuscritos, los
originales de todos mis relatos de entonces porque pensaba que algún día iban a valer algo y yo se los cedía con gusto. Algo conveniente de recordar puesto que yo no tengo copias de la mayoría de ellos. Ya entonces me daba vergüenza.
Reconforta pensar que en un punto no cambié y sigo perdido como entonces: sin entender ni saber en que pensar. Lo mejos que puedo hacer, pues, es dejarlo con el primer párrafo de uno de mis cuentos, sin editar:
El hecho ocurrió aquí, hacia mil novecientos veintitantos. Yo había terminado mi carrera de médico. De hecho, recién me acababa de recibir. Cualquiera se hubiera [sic] dado cuenta porque estaba naranja y lleno de moretones. En esa época, los huevos costaban cinco centavos, vale decir, una fortuna; por eso, nos tirábamos con esos frutitos que crecen en algunos árboles. Y la harina sólo la poseían los más grandes reyes de Europa, por lo que nos tiábamos con maizena que, vale decir, era naranja en esa época, no como ahora que le ponen eso colorantes y demás porquerías, que son los causantes de los criminales juveniles. ¿O eso era la televisión? No viene al caso. El tema era que yo me acababa de recibir de médico y me tomé el 60 para ir a casa, que estaba vacío...
Dejame ver si entendí bien. ¿El viejo de tu compañera tiene la cara de Perón (naturalmente) tatuada en el sobaco?